La sinceridad ha estado siempre uno de los valores a que las personas le han dado más importancia ya que va directamente relacionada con la confianza: parece ser más fácil confiar en alguien que es sincero y desconfiar del que no lo es.

Si así fuese, si fuera un valor al que damos tanta importancia, ¿por qué las personas acaban mintiendo?

Un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos relaciona la honestidad con la región prefrontal del cerebro, una región del cerebro que ejerce el control sobre los impulsos automáticos.

Los investigadores afirman que, según los resultados, las personas tenemos que aplicar la fuerza de voluntad para ser honestos cuando mentir nos resulta ventajoso.

¡Vale!, esta parte tiene sentido: las personas tendemos a buscar un máximo beneficio con el mínimo esfuerzo, por lo que se puede entender que si una mentira nos supone un beneficio tengamos que hacer un esfuerzo para ser honestos y prescindir de ese beneficio.

Paralelamente, según una investigación llevada a cabo en la University College de Londres, cuando mentimos, nuestra amígdala produce una sensación negativa que se desvanece a medida que continuamos engañando.

Es decir, cada vez que decimos una pequeña mentira, nuestro cerebro se va volviendo insensible a la culpa u otras emociones negativas que pueda generar esa falta de honestidad. Así es como esa conducta anima al cerebro a seguir engañando y, explicando de esta manera, la mentira compulsiva.

Pero si volvemos a la sinceridad tenemos que diferenciar entre ser sincero y el “sincericidio” (juego de palabras entre sinceridad y suicidio que existe porque muchas personas creen que la extrema sinceridad es algo positivo).

Entonces, la diferencia ente sinceridad y sincericidio puede residir en un correcto equilibrio entre las conversaciones que tenemos con los otros y las que tenemos con nosotros mismos.

Además, para las psicólogas Miriam Ortiz de Zárate y Silvia Guarnieri, el sincericidio o extrema sinceridad es la emisión espontánea y sin filtro de toda clase de juicios automáticos, que se emiten si reflexión y sin revisión. Estos juicios, que pueden no tener la intención de dañar, acaban molestando a quién los recibe, por ser en ocasiones desproporcionados o innecesarios.

Sí, la sinceridad está valorada… muy valorada…. y quizás hasta sobrevalorada.

Llega un punto que valoramos tanto la sinceridad que pensamos que lo qué pasa en nuestra mente puede ser público porque eso implica ser sincero, y no nos damos cuenta que sería importante tomar conciencia de que nuestras conversaciones internas son privadas y tendríamos que trabajarlas antes de hacerlas públicas, de forma que el efecto en las otras personas sea exactamente el deseado.

André Maurois dijo: “Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de los que se piensa”.

Recapitulando, si lo mezclamos todo nos damos cuenta que ser sincero no es tan fácil: nuestro cerebro tiende a mentir si puede sacar un beneficio, y además cuando mentimos nos hacemos inmunes a sentirnos mal por hacerlo. Cuando queremos ser sinceros, quizás para compensar la falta de sinceridad anterior, podemos acabar diciendo lo que pensamos sin filtro, sin ponerle el orden y el contexto que serían adecuados para que salgan a la luz nuestros pensamientos de forma comprensible, adecuada a la situación y expresando exactamente lo que queremos.

Y, ante la pregunta ¿la sinceridad está sobrevalorada? O bien está sobrevalorada y mentir siempre que no hagas daño a otros podría ser aceptable, o está poco valorada porque requiere mucho esfuerzo el no pasarnos de sinceridad y caer en el sincericidio, pudiendo herir a otros y/o quedando como personas con poca inteligencia emocional.

Nuevamente, la neurociencia aportando luz a cuestiones que han llenado ríos de tinta… o no.